Un domingo cualquiera 5 enero 2010
Posted by laegocentricaylocuazesponjaimpertinente in Goteos.Tags: akrapovic, carretera, cualquiera, domingo, gerald brom, motocicletas, motos, ninja, rutas, sierra
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Hoy no ha sonado el despertador. No ha hecho falta. Desde anoche tengo ese gusanillo en el estómago; ése que se hace sentir cuando llevo mucho tiempo sin salir y que se encarga de despertarme a la hora exacta. Abro los ojos lentamente… con la sonrisa ya dibujada en la cara pienso: “Huele a domingo”.
La luz que se cuela por la ventana indica que hoy hace un magnífico día de primavera. Me desperezo estirando los brazos y crujiéndome la espalda… no está tan entumecida como otras mañanas. Este maldito colchón… Es como si supiera que hoy le espera un día de trabajo y que va a pasar largo rato en una postura que no es precisamente la más adecuada.
No me preocupo ni en tomar algo de desayuno. Me asaltan las ansias de salir ya… Abro “el armario de los trastos” y allí está mi armadura, preparada, como siempre.
Me quito el pijama y empiezo a vestirme por los pies, como los hombres de verdad. Primero los calcetines, altos y algo más gordos de lo normal para evitar el roce de las botas. Mi camiseta de algodón favorita, fresquita. Ahora viene lo bueno. Primero el pantalón, sujetando el forro para que no haga arrugas y me moleste después, al hacer los movimientos que me permitirán manejarme con soltura. Coloco bien las protecciones de las rodillas. No quiero que, por dejarlas en una posición que no es la suya, me molesten al doblar las articulaciones de las piernas. Compruebo las deslizaderas. Están sin estrenar y aún no se han hecho a la forma del velcro que las sujeta pero después de un rato seguro que se colocarán en su sitio.
Busco mis botas en el fondo del armario. Ahí están, de apariencia rígida y, sin embargo, tan cómodas una vez puestas. Cierro las cremalleras que el pantalón tiene a la altura de los gemelos y deslizo cada uno de los pies dentro de las botas, haciendo movimientos para que las perneras no se queden arrugadas dentro de las mismas y me terminen molestando. Subo las cremalleras de las botas y ajusto bien los cierres de “click” que el fabricante les ha incorporado.
Por la noche había dejado preparados el resto de componentes de mi armadura: guanteletes, yelmo y, como no, ese viejo pañuelo de color desgastado que protegerá mi cuello del viento y las pequeñas cosas que con él vuelan ahí fuera. Lo cojo todo, la chaqueta del traje y las llaves de mi montura también. Salgo de mi casa como una exhalación, buscando la escalinata que da acceso a esas catacumbas que son el garaje del edificio donde vivo.
Camino ligero, impaciente por saludarla… Ahí está, tan brillante… Como mirándome mientras me dice: “venga, estás tardando…”. Coloco la llave en el contacto pero no la giro sin antes cumplir el ritual. Levanto mi pierna derecha y la paso por encima de la parte trasera para colocarme a horcajadas encima de mis 130cv. La pongo recta, retiro la pata lateral que la sujeta y, ahora sí, pongo el motor en marcha. Llevo varios días sin usarla y se nota que está un poco más revolucionada, está fría.
Mientras se calienta, recta para que el aceite del motor riegue bien todas las partes del cigüeñal, cumplo a rajatabla con el proceso que culmina la puesta de la armadura. Me enfundo la chaqueta y abrocho la cremallera que la une al pantalón, haciendo girar la cintura para facilitar la maniobra. Me encanta el sonido de ese cierre. Subo también la cremallera que aísla mi torso del exterior: ya tengo colocada la segunda piel. Me coloco también el pañuelo alrededor del cuello mientras noto como mi Ninja ya ha recuperado las revoluciones normales; ya está casi caliente. Cojo el casco y lo fuerzo un poco para que vaya a su sitio, protegiendo mi cabeza. Dentro hago los movimientos necesarios para que nada me moleste y que las orejas se coloquen en su sitio. Ya sólo faltan los guantes. Primero el derecho, luego el izquierdo. Siempre me los pongo en ese orden, aún no sé por qué. También son de piel y, tras ponérmelos, flexiono varias veces los dedos para que las protecciones de carbono vayan a su sitio.
Yo ya estoy listo, veamos cómo está mi niña. Doy un pequeño golpe de gas para comprobar que todo está en su sitio… y vaya si lo está. El escape Akrapovic que le coloqué hace unos meses suena a gloria… y en mi cabeza empieza a sonar el Bulls On Parade de los Rage Against The Machine. ¡Empieza la fiesta!
Doblo la rodilla izquierda para colocarla en la estribera y, con la punta del pie, empujo con decisión la palanca de cambios hacia abajo. Primera. Suelto poco a poco el embrague, sin apenas accionar el acelerador. Las revoluciones del motor bajan un poco y empezamos a rodar. Despacio, aún estamos en el garaje…
Abro la puerta de este oscuro encierro y, al tiempo que el sol de la mañana va bañando mi cara, bajo la visera de mi casco. ¡Qué buen día hace! Recorro mi calle despacio, acomodándome en el escaso asiento del que dispongo y doblando mi cuello a derecha e izquierda, “click, click”. El bello sonido del motor a medio régimen vuelve la mirada de curiosos, envidiosos y de los que se molestan porque les estoy rompiendo la tranquilidad de la mañana. “Seguid mirando, yo me voy y vosotros os quedáis”. Accedo a la calle que me llevará a la incorporación de la autovía en segunda velocidad. Retuerzo con decisión el semimanillar derecho y salgo disparado. ¡Cómo me gusta esa sensación!
Antes de meter la tercera, al tiempo que me incorporo al escaso tráfico de la circunvalación, acciono ligeramente el embrague y noto como la parte delantera despega. Aún en el aire engrano la siguiente marcha y recuperamos poco a poco la horizontalidad. Cuarta, quinta… y sexta. Tranquilo. Aún tenemos por delante unos cuantos kilómetros de aburrida autovía, así que alcancemos la velocidad de crucero, la suficiente para que no nos moleste ningún dominguero por detrás, y disfrutemos de este tramo de transición dejando entrar por la nariz el olor a fresco de la mañana.
Unos cuantos coches esquivados y algunas curvas de sexta a fondo después, por fin llega la salida hacia esa carretera de montaña que todos los “caballeros del acero” de la zona frecuentamos. Allí encuentro a algunos de mis hermanos, todos ellos con sus respectivas monturas y armaduras, llenando de colorido el negro asfalto que reposa a nuestros pies.
No hacen falta muchas palabras. Ya llevamos mucho tiempo asaltando la montaña del dragón juntos y, aunque en el camino hemos perdido a muchos compañeros, no podemos evitar seguir visitándola. No se puede desoír su llamada.
Dejo salir primero a los que estaban allí antes que yo y acto seguido emprendo la marcha también, dejando deslizar una de las botas para asegurarme del agarre de la carretera. Es algo que hago automáticamente y que realmente nunca he sabido si sirve para algo, pero me gusta. Es como hacer una toma de tierra con la superficie que deberá mantenerme en pie hasta el final del trayecto.
Me encanta ver a mis amigos disfrutando de la carretera de la misma forma que yo. Aún con nuestros rostros ocultos bajo antifaces de fibra de vidrio llena de colores, sé que todos tenemos esa sonrisilla de complicidad que produce la anticipación de una buena mañana de curvas por la sierra.
Antes de la llegada de las primeras curvas zigzagueo un poco para calentar los flancos de los neumáticos y quitar también los restos de arenilla que hubiésemos podido coger al pararnos en el arcén. Es un baile hipnótico. Una serpiente de muchos colores que se mueve grácil entre los primeros árboles que señalan que ya estamos entrando en la montaña. Del trance me saca el sonido de la moto que llevo delante. Su jinete le ha retorcido bien “la oreja” y el sonido que produce está a medio camino entre un lamento y un gemido de placer. Mi reacción no se hace esperar y hago lo mismo con la mía. Estoy seguro de que en el asfalto ha quedado dibujado un trazo de goma, desprendida de la tracción.
La primera curva que disputo a conciencia es de izquierdas. Es amplia, rápida, de radio constante. Había entrado algo lento así que no tengo que preocuparme al abrir un poco más el gas e inclinarme aún algunos grados adicionales. Por el rabillo del ojo veo como la línea discontinua del centro de la calzada pasa rápidamente por debajo. Adoro el contraste del blanco reflectante sobre el negro del alquitrán.
Viene una pequeña recta y después varias curvas enlazadas. El neumático ya está caliente y, en la segunda de derechas que tomo, rozo mi deslizadera por primera vez en el día. ¡Estrenada! Me gusta rozar la rodilla. Sentir la rugosidad del asfalto pasando a toda velocidad por debajo de ella. Me da seguridad, es un recordatorio de que la parte dura de la carretera está ahí.
Después de esperar a que terminara la línea contínua, puedo por fin dar dos empujones hacia abajo a la palanca de cambios para reducir dos marchas y pasar como una bala a un coche de cuyo interior salen dos miradas de asombro que me hacen sentirme perseguido. Justo después de adelantarle llega mi curva favorita de toda la subida. Se trata de una horquilla a izquierdas. No es la típica horquilla que has de tomar casi parado. Es lo bastante abierta como para ver todo el trazado y mirar bien lejos, a la salida de la misma. Además, tengo la suerte de ir casi pegado a mis amigos y me imagino que, viéndonos desde fuera, tiene que haber sido espectacular vernos tomarla exactamente de la misma forma, uno detrás de otro, como si formásemos un tren de alta velocidad.
El tramo se acaba y no ha habido percances… Nos acercamos al pequeño bar que hay al final del trayecto y mi cuerpo ya pide ese café mañanero para celebrarlo. Uno a uno vamos aparcando las motos en batería, justo al lado de la mesa en la que nos sentamos habitualmente. No nos hemos quitado los cascos y ya se escuchan las consignas de siempre: “Eres un cono en movimiento”, “¿viste a la que iba en el deportivo amarillo?”, “había gravilla en la curva de la fuente”…
Es estupendo respirar ese ambiente, esa energía. Todos somos cómplices del buen rato que hemos pasado. Una vez sentados alrededor de la mesa, que no sirve para poner los cafés, sino todos nuestros aperos, las conversaciones de unos con otros van todas acompañadas de dinámicos aspavientos, de manos que serpentean en el aire simulando una determinada trazada… Las risas aderezan cada bravuconada, cada broma, cada guiño de amistad…
No hay tiempo que perder. Volvemos a ataviarnos con nuestras protecciones y, con el desánimo de saber que la salida ya va a finalizar, nos disponemos a disfrutar del regreso. Nos lo tomamos con más calma y nos adelantan algunos compañeros a los que saludamos extendiendo nuestra mano izquierda. Ya cerca de nuestro punto de encuentro original, nos vamos despidiendo entre cortos toques de claxon y manos levantadas. Algunos coincidimos durante los primeros tramos de la autovía, hasta que nos vamos separando y, finalmente, vuelvo a estar solo.
Me he quedado con ganas de más. Es raro el día que acabo harto de mi moto y de hacer kilómetros. Esta vez en mi cabeza resuena el “Riders on the Storm” de The Doors. No me parece una mala sintonía para compensar la vuelta a la frialdad del oscuro garaje. Me adentro despacio en la cueva, acostumbrando a mis ojos a la luz artificial de los fluorescentes después de haber visto durante tantas horas la luz del sol tras la visera de mi casco. Llego a mi aparcamiento y me quedo pensativo unos instantes antes de apagar el motor: “Ha sido un buen día. No ha ocurrido nada y nos hemos divertido”. Doy gracias a mi moto por haberse portado bien conmigo, me bajo lentamente y, tras quitarme el casco, vuelvo la cabeza, mientras me alejo, para hacerle un guiño y dejarle saber que no tardaré mucho en volver a estar con ella.
A fin de cuentas, sólo queda una semana para el próximo domingo…
Ilustraciones de Gerald Brom

De “Bulls on Parade” a “Riders on the Storm” narran el mismo viaje, o la misma dualidad, entre las protecciones de tu ropa y la fragilidad de lo que proteges con ella, o entre el motero y el escritor…
Bonito post
Vaya… ha sido totalmente inconsciente… ¡buena apreciación!
Gracias por leer el tochete!
Disfrute el caballero de muchos momentos de libertad!!
Y por favor compartalos!!
o al menos he disfrutado como si lo fuese…